La semana pasada perdió la vida Miguel Mancera, quien contaba con casi 94 años de edad. Su contribución a la historia económica y financiera nacional resulta incuestionable. Entre sus múltiples aportaciones destaca haber concebido y materializado la transformación del Banco de México en una institución autónoma. Durante su trayectoria profesional se distinguió por su rigor como economista, su compromiso como banquero central y su adhesión a principios institucionales firmes. Enfrentó las crisis financieras más severas que ha experimentado el país: la de 1982, la de 1994 y la inflación de tres dígitos ocurrida en 1987. A sus aptitudes técnicas se sumaban cualidades humanas notables: generosidad, modestia y vida austera. Tras su retiro después de casi tres décadas, dedicó su tiempo a labores filantrópicas a través de múltiples patronatos e instituciones dedicadas a educación, cultura y beneficencia. En el ITAM, institución donde cursó sus estudios, estableció en 1994 el Fondo Miguel Mancera para otorgar becas de sostenimiento a alumnos en situación de vulnerabilidad económica. Mancera poseía una capacidad excepcional para comunicarse con audiencias diversas. En lugar de asistir al Congreso, convocaba a legisladores a comidas en el Banco donde respondía con paciencia a sus cuestionamientos. Fue meticuloso en extremo respecto a la redacción de documentos, revisando personalmente cada página del Informe Anual y consultando diccionarios para verificar precisión en el lenguaje. Poseía además un marcado sentido del humor que le permitía mantener relaciones cálidas con su equipo de trabajo. Sus convicciones quedaron plasmadas en escritos memorables, como el cuaderno de 1982 titulado La inconveniencia del Control de Cambios, donde fundamentó su oposición a esa medida y a la expropiación bancaria, así como en su artículo publicado en el Wall Street Journal el 31 de enero de 1995.
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