En México, millones de personas enfrentan una realidad cada vez más preocupante: la falta de tiempo para descansar, ejercitarse, estar con la familia o simplemente disfrutar de actividades que les apasionan. Este fenómeno, conocido como pobreza de tiempo, ha trascendido de conversaciones cotidianas a debates legislativos formales. El diputado José Braña Mojica presentó recientemente un proyecto de Ley General para la Prevención y Erradicación de la Pobreza de Tiempo, que será analizado en el Senado tras las discusiones previas sobre la reforma de la jornada laboral de 40 horas. Los números revelan una situación alarmante. Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), los mexicanos dedican en promedio 59.6 horas semanales al trabajo remunerado y no remunerado, lo que se traduce en jornadas diarias de 8.5 horas. Las mujeres cargan con una cifra aún mayor de 61.1 horas, mientras que los hombres promedian 58 horas. La brecha de género es especialmente notable en tareas domésticas y de cuidado, donde las mujeres invierten 21.5 horas más que los hombres cada semana. A nivel internacional, México se destaca negativamente entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), registrando 2,205 horas anuales de trabajo, muy por encima de la media de 1,736 horas y casi el doble de Alemania con 1,332 horas. Los traslados hacia y desde el trabajo consumen tiempo adicional significativo: la Cepal estima que se utilizan en promedio 71 minutos en transporte público y 52 minutos en automóvil por trayecto, totalizando entre 1 hora 44 minutos y 2 horas 22 minutos diarios. En las grandes metrópolis, este tiempo puede extenderse hasta 4 horas. Estas cifras posicionan a México al final de los índices de Balance Vida-Trabajo de la OCDE, evidenciando que la pobreza de tiempo es un problema estructural complejo que va más allá de la simple duración de la jornada laboral.
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