Una pregunta aparentemente simple sigue generando debate en los espacios empresariales: ¿existe un estilo de liderazgo distintivo según el género, o el liderazgo es simplemente liderazgo? Esta interrogante refleja una tensión persistente en el mundo corporativo, donde aún se pretende encasillar el ejercicio del poder en moldes predefinidos. Sin embargo, expertos sugieren que esta ya no es la pregunta más relevante. En contextos marcados por la inteligencia artificial, volatilidad extrema y agotamiento organizacional, el verdadero interrogante debe enfocarse en qué tipo de dirección requieren las empresas para mantener competitividad sin perder su dimensión humana. Históricamente, numerosas organizaciones promovieron un modelo de liderazgo basado en armadura: control absoluto, postura inquebrantable, ocultamiento de dudas e imagen de invulnerabilidad. Este paradigma, culturalmente vinculado a características tradicionalmente masculinas, funcionó en estructuras jerárquicas y procesos predecibles. No obstante, el panorama laboral ha experimentado transformaciones radicales. La complejidad actual exige líderes capaces de interpretar contextos ambiguos, construir confianza genuina y coordinar equipos diversos en entornos de incertidumbre acelerada. Investigaciones recientes sobre dinámicas de liderazgo revelan patrones interesantes. Cuando existen diferencias en la evaluación de directivos según género, muchas mujeres destacan en el despliegue de dos tipos de conductas: las agénticas, orientadas a impulsar resultados mediante decisiones firmes y dirección clara; y las comunales, enfocadas en tejer relaciones mediante escucha activa, colaboración y construcción de legitimidad. Durante décadas se consideró que el liderazgo auténtico debía privilegiar la dimensión agéntica, relegando lo comunal a un rol secundario. La realidad contemporánea, sin embargo, exige que ambas dimensiones coexistan y se fortalezcan mutuamente. Las organizaciones del presente necesitan directivos que impulsen resultados sin abandonar la conexión humana, que ejerzan autoridad con capacidad de escucha, que combinen ejecución con sostén emocional. Este es el verdadero punto de transformación: el liderazgo más efectivo no elige entre firmeza y empatía, sino que las integra estratégicamente. Desde esta perspectiva, muchas mujeres acceden a esta nueva realidad con ventajas competitivas, no por superioridad innata sino porque sus trayectorias profesionales frecuentemente les han demandado cultivar justamente las competencias que hoy resultan críticas: capacidad de escucha profunda, disposición colaborativa, sensibilidad contextual e inteligencia relacional.
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